Ya, ya. Deberíamos haberos dado noticias antes, después de que generosamente nos rescatarais del Tibet y de una vida vestidos del mismo color que el bronceado de Donald Grunt (no, por mucho que lo llamen «color azafrán» parece más bien zanahoria radiactiva). Pero el viaje de regreso fue muy complejo. Vuestra generosidad nos dio para diecinueve camarotes individuales. Éramos veinte, y cuando hablamos de quién viajaría esta vez en el contenedor de la bodega, pensamos que, en justicia, debería ser Toccino Gruñildo, pero entonces Toccino empezó a limpiar ostentosamente su Beretta, la Marrana, y dejamos de pensarlo. Luego se nos ocurrió echarlo a suerte entre todos. Toccino hizo girar la Marrana como una peonza sobre la mesa y acabó apuntando a Jamlet, que se autodeclaró «el cerdo con menos suerte del planeta», afirmación a todas luces exagerada, pero se dejó acompañar al contenedor, probablemente aconsejado por el ojo de cíclope de la Marrana.
Corramos un tupido velo sobre la travesía de regreso. Baste saber que el mar estuvo revuelto y, para un cerdo, vomitar por la borda de un barco no es la misma experiencia que para un humano, debido a las diferencias en la flexibilidad de la cintura y la situación del centro de gravedad.
Y corramos otro tupido velo sobre la llegada a la Península y el viaje hasta Cerdélmez en medio del calor del verano más asfixiante que se ha visto, cosa que viene sucediendo todos los años desde que se inventó el cambio climático, como sabe todo hijo de cerdo de la famiglia. Seguro que si dejaran de decirlo haría menos calor. ¡Ni un puñetero charco de lodo en el que revolcarse en todo el camino! Pasamos por el parador de Al-Magro, que nos pareció un lugar de nombre invitador, pero no era una invitación, no, y cuando veinte cerdos nos metimos de golpe en la piscina hubo una desbandada de turistas histéricos. Uno, un estadounidense con una gorra roja calada hasta la uniceja y una configuración anatómica muy semejante a la nuestra, sugirió que en España hacía falta ICE. Estuvimos de acuerdo. ¿Quién le va a decir que no a un poco de hielo, con estas temperaturas?
Os recordamos que nuestro viaje a Cerdélmez tenía como objetivo volver a comunicarnos con nuestro querido Porky Trespatas, fallecido hace ya años en misteriosas, violentas y muy grasientas circunstancias, y que se había manifestado a través de una mancha de moho en la pared de la casa contigua a la pocilga de una pariente lejana. Objetivamente, no es el medio de comunicación más eficaz, pero a aquellas alturas ya nos había quedado claro que el más allá no contaba con buena cobertura.

Lo que no nos esperábamos al llegar a Cerdélmez era el parque temático que tenían allí montado. Aquello era la Disneylandia del ectoplasma y el moho con denominación de origen. Había colas a la entrada de cada casa. Nada más llegar, nos dieron un mapa para orientarnos, y pasamos por delante de la casa de las «Manchas de la Virgen», la del «Gotelé profético» y la «Cocina de los azulejos que sudan» (por las juntas sale un líquido que, según los expertos, son las «lágrimas de las almas atrapadas» que lloran de emoción ante el aroma a garbanzo). Ante esta última había una larga fila de creyentes con algodones para recoger el «agua bendita condensada» para curar el reuma, mientras los investigadores, que se sabe que son investigadores porque llevan chalecos con muchos bolsillos, medían los campos electromagnéticos de la campana extractora desenchufada desde el siglo pasado. También había una tienda de recuerdos donde podías comprar tu propia mancha en formato llavero o media sandía con las pepitas configuradas en la forma de la cara de Jesús, y un puesto de perritos calientes que nos dio muy mal rollo.
Tardamos un poco en encontrar al director del circo investigador jefe, Yamíker Jijimemes, director del programa Cuánto Misterio, el informador que nos había llevado a aquel pueblo. Y en ese tiempo nos dio tiempo a sospechar que una vez más nos estaban intentando dar gato por cerdo. Para empezar, Porkouis, que es muy listo y no le cuelan una, pasó discretamente un dedo por la supuesta imagen de un antiguo alcalde del pueblo (o la abuela del farmacéutico, había interpretaciones divergentes) y le borró todo el bigote (o el labio superior en rictus de grito agónico porque le habían pisado lo fregao). Tampoco ayudó que nos encontráramos en un rincón una caja de tizas y un bote de pintura negra en espray del todo a cien, o que una de las «caras» tuviera la firma del autor y un QR a su página web.
Por lo que llegamos a la reunión con Yamíker Jijimemes bastante seguros de que en Cerdélmez había muchas caras, y también algún que otro cara.
Yamíker nos llevó hasta la casa donde supuestamente estaba la manifestación mohoectoplásmica de Porky y, al llegar a la puerta, como nos temíamos, extendió la mano. Y eso que ya deberíamos haberlo imaginado: todo contacto con el más allá es nebuloso, ambiguo y, encima, carísimo, según nuestra experiencia. Y Cerdélmez no era la excepción. Las caras estaban a la vista, pero si la pared de la cocina no te hablaba por las noches era porque no tenías el pase VIP.
Somos un mar de dudas. ¿Creéis que debemos seguir buscando al asesino de Porky? ¿Creéis que su imagen ectoplasmada en la pared nos podrá dar alguna pista? ¿Creéis que deberíamos pagar el pase VIP de Cerdélmez para salir de la duda? Hay que añadir que con el pase VIP también te dan una pulserita para rellenar el vaso de refresco infinitas veces, y estamos deshidratados con tanto calor.
Una vez más, os rogamos vuestra ayuda. Pasad por la carpa de organización y haced un donativo para que podamos acceder. Son 15 eurillos de nada (12 para los miembros de Patreon o del Club Celsius). Solo tenéis que decir «Me suena la cara de ese cerdo», y os darán como recuerdo un ejemplar del Excelsius de este año. Y el que viene os contaremos cómo sigue la historia. Prometido.







¡Venganza! ¡¡El honor pide venganza!!
¡Voy pitanza para allá! Pitando. Quería decir pitando…